SEÑOR DE LOS DESAMPARADOS

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Patrón de Punta de Bombón

El “Señor de los Desamparados” es el patrón de Punta de Bombón. Su fiesta se celebra cada 1º de enero. Es una oportunidad para el reencuentro de todos los que nacieron en este pintoresco pueblo ubicado en el sur del Perú, en la costa arequipeña.

A continuación su historia:

La imagen, dicen los entendidos, es perfecta desde el punto de vista escultórico. Todos quienes han recorrido el Perú, jamás han encontrado una imagen del Señor Crucificado tan equilibrada en sus formas y proporciones. Y, sobre todo, dotada de inefable expresión.

Sabemos que fue traída del Cuzco. Pero, ¿cómo llegó a esta, nuestra ciudad? A eso vamos. El rey Carlos V de España encargó a un famoso imaginero la talla de varios Cristos Crucificados, con el fin de enviarlos de obsequio a sus colonias de América. Al Perú le tocó tres de ellos, que, cuidadosamente encajonados, llegaron en un barco de vela por el estrecho de Magallanes.

Quiso, el buen Dios, poner un poco de aventura y emoción al destino de estas imágenes. La nave que las traía fue abatida por un fortísimo temporal acompañado de maremoto. La endeble quilla del barco fue estrellada contra los arrecifes de Corío, y los pasajeros y carga zozobraron en el agitado mar.

Mas sucedió que al día siguiente, un arriero moqueguano apellidado Morón, bisabuelo de ese otro Morón que trajo la imagen del Cuzco. Se sorprendió al ver flotando a tres grandes cajones en forma de ataúd. Esperó pacientemente a que dichos cajones fueran varados al litoral. Sucedido esto, ayudado por sus peones, sacó los cajones a tierra. Y grande fue su sorpresa cuando al destaparlos, comprobó que contenían sendas imágenes: dos de talla similar y una de descomunal talla.

Dentro de los acolchados interiores de los cajones había inspiradas dedicatorias del rey de España, asignando la más grande para el Cuzco. Morón, fervoroso creyente, no lo pensó dos veces, y alentado por su fe, hizo cargar las imágenes rumbo a Arequipa.

Una vez aquí entregó dos cajones al Obispo. Este asignó una imagen al templo de Santa Marta y la otra al de Masopuquio. La del Cuzco la llevó Morón al Cuzco, rumbo al convento de San Francisco, según decisión del prelado.

Y aquí viene lo extraordinario del relato. Un morón fue el que llevó la imagen del Señor Crucificado al Cuzco, y otro Morón, José Manuel, bisnieto del anterior, arriero también por ancestro laboral, fue quien hizo que este Cristo tan hermoso retornara a la Costa, a un lugar dentro de los límites del distrito en que fue encontrado.

Cuando este Morón, el bisnieto, esperaba la paga del vino que había llevado a los frailes de San Francisco, vio una habitación entreabierta. Algo lo llamaba desde adentro. Era un llamado suave, pero poderoso. Abrió la puerta y una destellante aureola la segó la vista. La serena y augusta faz del Cristo Crucificado lo sobrecogió. Unos enormes ojos mansos lo miraban dulcemente. El arriero comprendió el divino mensaje y se hizo un firme propósito.

- ¿Por qué habrán colocado aquí esta bella imagen, junto a otros santos viejos?- se dijo Morón, y, sin poder dominarse, cayó de hinojos ante el inigualable Cristo.

- ¿Qué haces aquí hermano?- le preguntó el Prior franciscano, que traía en la mano la bolsa de la paga del vino.

- Estoy orando ante este Cristo tan perfecto- le contestó el arriero. ¿Por qué está aquí, reverendo Padre?

- ¿Te ha impresionado el Cristo?

- Tanto, que si vuesamerced me lo obsequiara, yo lo llevaría a la Costa.

- ¿Harías ese sacrificio, buen hombre? Fíjate que este Cristo es bien grande; y el trayecto es largo y penoso.

- Eso no me acobarda, Padre. Si me lo obsequia, yo vencería las dificultades del camino, y lo llevaría, bien para el templo de Cocachacra, o para el recién construido de La Punta, que no tienen un Crucificado para el culto verdadero.

Y fue así, como la devoción y fe de un arriero vencieron los 380 Km. de la travesía. Cuando llegó la recua la pampa de Tambo, hizo su habitual pascana. Descargadas las bestias, Morón bajó al valle, rumbo a Cocachacra. Allí buscó al párroco y le hizo el breve relato de su odisea. El sacerdote lo puso en contacto con las autoridades y vecinos notables del pueblo. Como la piadosa hazaña del arriero despertara el entusiasmo y gratitud de los feligreses, dieron curso a un agasajo.

La noticia de la imagen corrió rauda por el vecindario. Y un punteño, que se informó del asunto, ni corto ni perezoso, picó espuelas a su brioso caballo y se dirigió a La Punta. Contó al párroco lo que había oído en Cocachacra. Este tocó llamada de pueblo para consultar con su feligresía.

• Si el arriero tiene en mente obsequiar la imagen a cualquiera de los dos templos, intentemos a ver qué es lo que pasa. Hagamos una cabalgata y, si encontramos el cajón, pues nos lo traemos- opinó un vecino.

Los concurrentes aprobaron las razones del ponente, y el cura no tuvo más que echarles su bendición. Grande fue la emoción de los aventureros cuando vieron que el sagrado cajón yacía en el suelo. Y sujetando bien la valiosa carga, a buen trote se dirigieron rumbo a La Punta.

Cuando los Cocachacrinos, ahítos de bebidas, fueron con el donante arriero a recoger el obsequio, el cuidante de la recua les dio la noticia que un grupo de punteños se había llevado el cajón.

Profiriendo palabrotas impublicables, los frustrados bajaron a su pueblo a tomar bestias para ir donde los punteños, decididos a la pelea. Pero estaba escrito que no había sangre derramada. Cuando vadeaban el río Tambo, vieron horrorizados que una avalancha de agua se les venía encima. Volvieron grupas a sus caballos con las justas, salvándose de perecer ahogados. Y desde la orilla espectaron la primera venida ese 1 de enero de 1845.

• No hay caso amigos, -dijo un sensato cocachacrino-. El señor ha querido quedarse con los punteños. La prueba está a la vista.

Cuando el cajón fue depositado en el piso del templo punteño y fue abierta la tapa, todos los circundantes, incluso el cura cayeron de hinojos. La faz del Cristo los deslumbró. Una mística emoción sacudió los corazones de los presentes. Ese macilento rostro, expresivo en extremo, obra maestra de un inspirado artista, los dejó pasmados. La augusta faz del crucificado los fascinó.

Todos corearon al cura en un rezo colectivo, y un llanto rotundo lleno los ámbitos del templo.

• Puesto que esta imagen fue desamparada en esa pampa, se llamará: “SEÑOR DE LOS DESAMPARADOS”, sentenció el cura.

Y fue así como esta imagen, que por diligencia de un arriero llegó hasta el Cuzco y que por el sacrificio de otro arriero, bisnieto del anterior retornara casi al mismo lugar en donde fue hallada, vino a regir los destinos de Punta de Bombón.

Años después, cuando el terremoto y maremoto del 13 de agosto 1868, fue esta imagen la que salvó a La Punta de que fuera arrasada por la inmensa montaña de agua que se venía de frente contra el templo. El señor se dijo: “No es posible que esta buena gente, tan laboriosa y creyente sufra la devastación de las aguas del mar. Creen en mí, me rinden el culto más sincero y no es posible que sean castigados por la naturaleza. Yo los ampararé.”

Y sacando el brazo derecho del clavo que lo sujetaba a la cruz, como un policía de tránsito que detiene una caravana, contuvo la tremenda masa de agua que se venía encima. Luego, la hizo discurrir al sur, para que se estrellará contra las breñas de Cardones. El milagro fue indiscutible. Científicos y descreídos no daban crédito al fenómeno. Que una masa de agua de unos 20 metros de altura, se detenga así nomás, sin que haya un fuerte obstáculo que la detenga y la haga cambiar de rumbo, era algo inusitado.

El SEÑOR DE LOS DESAMPARADOS, sigue presidiendo y amparando los destinos de Punta de Bombón y los seguirá por los siglos de los siglos. (Lino Benavente Lazo)