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Quinientos años después ese idioma que nos llegó con botas y crucifijos es más americano que ibero

• Patricia del Río
• Periodista
Nadie escoge la lengua en la que expresará sus miedos, en la que se enamorará, en la que le dirá “mamá” por primera vez a esa señora que le dio la vida. El idioma es una de aquellas cosas que heredamos forzosamente de nuestros padres, que aprendemos sin ningún esfuerzo por el solo hecho de pertenecer a una comunidad. Por el solo hecho de ser humanos.
Y ese rasgo que nos diferencia de las bestias, que nos coloca por sobre todas las demás especies de este planeta, es también la forma como le vamos otorgando existencia a aquello que nos interesa, a aquello que vale la pena ser nombrado. Una lengua no solo es, entonces, una herramienta para la comunicación, es el molde con el que se forja nuestro pensamiento, con el que almacenamos nuestros recuerdos. Por eso, se dice que los hablantes de portugués son los únicos capaces de sentir ‘saudades’, esa especie de pena con melancolía que ellos se han tomado el trabajo de nombrar y que nosotros con las justas alcanzamos a parafrasear. Y aparentemente jamás podremos entender lo que realmente le pasaba a Hamlet porque el ‘to be or not to be’ de la lengua de Shakespeare reúne dos acciones que en español están claramente diferenciadas, ‘ser’ y ‘estar’.
Sin embargo, a pesar de este carácter modelador, los idiomas nunca son prisiones. Son siempre una inagotable fuente de posibilidades con la que cada persona puede expresar lo que quiera. Por eso, nada desespera más (me disculparán la vejez) que el típico adolescente mascachicle que cree que las dos mejores y casi únicas palabras del castellano son ‘ajá’ y ‘oooobvio’. Por eso se nos pone la piel de gallina cuando nos topamos con un político de verbo florido que llena de adornos y firuletes lo que no necesita accesorios.
Hace más de quinientos años heredamos una lengua que nos vino del otro lado del mundo. La forma como se expandió en el continente desplazando a las que ya existían será materia de otro análisis. Lo cierto es que, querámoslo o no, el castellano llegó para quedarse y hoy los latinoamericanos representamos nada menos que el 90% del total de hablantes de ese idioma que alguna vez fue invasor. La llegada del castellano a nuestra tierra no solo sumó una cantidad de hablantes fundamentales para su supervivencia, sino que lo enriqueció con giros regionales, con americanismos, con nuevas formas expresivas. Podríamos decir que ese idioma tosco proveniente del reino de Castilla se desamarró el corsé colonial cuando pisó tierra americana y se impregnó del olor de las guayabas, de las conversaciones en las catedrales, de las ficciones y de los laberintos de un continente con ganas de expresarse a gritos. Con ganas de moldear nuevos mundos, con ganas de mostrarse a través de las palabras.
Gabriel García Márquez murió hace una semana y la crítica ha señalado que se fue el mejor escritor en español después de Miguel de Cervantes. Y es cierto. Y es verdad también que ya se le hicieron suficientes homenajes. Por eso, solo quiero compartir esta reflexión de hablante con ustedes: quinientos años después ese idioma que nos llegó con botas y crucifijos es más americano que ibero. Es más de acá que de allá. Es más nuestro que nunca. Hace quinientos años América tomó la palabra y ya no la calla nadie. América tiene hoy sus propios quijotes que se apellidan Buendía. Gracias por eso, señor García Márquez.