JUAN DE DIOS MEDINA SILVA

Por: Efraín Astete Choque

En la clase de primero éramos como cincuenta. Casi la mayoría eran pequeños, algunos habíamos sufrido los efectos del “desarrollo” y medíamos arriba del 1.60 m. Los profesores entraban, se presentaban y la mayoría se mostraban serios y algo parcos porque sabían que los niños una vez que tomaban confianza eran terribles.

Juan de Dios Medina Silva, el padre de la parroquia Inmaculada Concepción, nos enseñaba el curso de religión. Nos pidió un libro en donde íbamos a desarrollar su materia. En el libro, aparte de la palabra de Dios, habían canciones bonitas como “Pescador de hombres” y otros que se cantaban en las misas dominicales. Él cantaba con nosotros, nos enseñaba a entonar bien la letra y melodía de los temas musicales.

Luego que Juan de Dios Medina Silva culminaba su clase, los alumnos, sobre todo los más pequeños, lo rodeaban y le decían –padre, padre- hasta llegar a hostigarlo. No lo soltaban, inclusive llegaban a empujarlo y perdía el equilibrio, a duras penas salía de ese remolino y se despedía diciéndonos que ensayemos las canciones. Los alumnos, afuera del salón, seguían preguntándole una y otra cosa.

En los recreos se le acercaban alumnos de tercero, cuarto y quinto, éstos tenían otras intenciones, le frotaban la espalda y le metían la mano a los bolsillos. Entonces Juan de Dios Medina Silva se olvidaba de Dios y empezaba a repartir puntapiés con sus zapatos punta de acero. Los palomillas se escapaban riéndose y burlándose del enojo del padre.

El padrecito era algo gordito, menudo, frentón, buena gente. Vestía con ropa sencilla y su voz era dulce; nos daba consejos, aparte de enseñarnos canciones. Un día un alumno del salón, un palomilla, quien constantemente se portaba mal, lo hizo llorar; nunca había visto a un sacerdote sollozar como un niño. Sacó su pañuelo y empezó a enjugarse las lágrimas, nos habló algo más y se fue triste y abatido.

Todo ello ocurrió allá por 1980. Juan de Dios Medina Silva tenía unos sesenta años. Algunos años antes de estar en Mollendo y enseñando en el Deán anduvo en la parroquia de Punta de Bombón, donde se desempeñó bien y a favor de los intereses de la colectividad.